viernes, julio 17, 2020

Nuevo taller en la Fundación JH. Poetas latinoamericanas

http://www.cpoesiajosehierro.org/web/index.php/area-formativa/talleres-y-seminarios/item/ventana-al-sur-la-poesia-que-escriben-nuestras-hermanas

Ventana al Sur. La poesía que escriben nuestras hermanas Taller de poesía y mujer dirigido por María García Zambrano

Del 8 de octubre de 2020 al 24 de junio de 2021
Periodicidad semanal, jueves de 17:30 a 19:30

El español como la casa común de la poesía a este y al otro lado del océano, lengua que nos atraviesa y nos conforma, nos da palabra y nos hace materia verbal de la belleza. Una lengua materna compartida que es símbolo y anclaje de experiencias sustanciales y que se entrelaza en la genealogía de nuestras poetas. Porque es justa la mirada que os propongo, más allá de fronteras y occidentes, y más acá, porque es común el sentir, y común el compromiso para con el lenguaje. Una visión que complete la Historia de la Literatura.  Y en este curso que comienza la mirada será topografía y viaje por los paisajes que conforman la escritura de las mujeres de América Latina.
Ambicioso el proyecto por extenso, pero ilusionante visitar a nuestras hermanas. Nombres emblemáticos y reconocidos como Ibarbourou, Di Giorgio, Orozco, Varela, Mistral o Vitale… Otros menos conocidos pero imprescindibles para entender la poesía en sus países, y en el continente, como son Coral Bracho, Susana Thénon, Adela Zamudio, Carmen Berenguer o Rosario Castellanos.
Bolivia, Uruguay, Chile, Argentina, Cuba, Perú, Nicaragua, México… Abriremos la ventana para que entre el aire del Sur, y volaremos hasta otras latitudes a impregnarnos de la poesía de estas mujeres. ¿Me acompañas? Sin ti, sin tu lectura y, sobre todo, sin tu escritura, esta aventura no tendría sentido. Porque del viaje que hagamos vendremos con la inspiración necesaria para que vuele tu poesía. Y en el taller, tus propios textos serán los protagonistas.

La propuesta de programación 

  1. La poesía en Bolivia. De la reivindicación de Adela Zamudio a los poemas al cuerpo de Matilde Casazola.
  2. Uruguay, un país de mujeres. Marosa, Ibarbourou, Agustini, Vitale, Vilariño…
  3. Las hermanas argentinas. De Alfonsina a Negroni, con parada en Pizarnik, Thénon, Orozco, Ocampo, y las poetas del futuro.
  4. Perú se llama Blanca Varela.
  5. Chile canta con Violeta Parra, Mistral y Carmen Berenguer.
  6. Cuba: la isla infinita. En la azotea de Reina María Rodríguez se encuentran Loynaz y García Marruz.
  7. Las hijas de Sor Juana. La poesía de Coral Bracho, Rosario Castellanos o Pita Amor.
  8. Ser mujer en Nicaragua, o la poética de Gioconda Belli.

María García Zambrano

(Elda. Alicante, 1973), estudió Periodismo y tiene estudios de doctorado en Literatura en la Universidad de Sevilla; posee cursos de postgrado en Letras Modernas en la Universidad Paris-Diderot; Curso de Semiótica y lingüística en la Pontificia Universidad del Perú, en Lima; y Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Buenos Aires. Ha impartido talleres de creación literaria y de poesía escrita por mujeres en distintas instituciones. Forma parte de la Asociación de escritoras Genialogías.
Tiene cuatro libros publicados: El sentido de este viaje (Aguaclara, 2007); Menos miedo (Premio Carmen Conde de la Editorial Torremozas y semifinalista del Premio Ausiàs March al mejor poemario del 2012); La hija (El Sastre de Apollinaire, 2015); Diarios de la alegría (Sabina, 2019).
Sus versos aparecen en algunas antologías como Insumisas (Baile del sol, 2019); Qué será ser tú (Universidad de Sevilla, 2018);  En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis (Bartleby Editores), Voces del Extremo. Poesía y resistencia (Editorial Amargord, 2014); 28/28 La Europa de las escritoras (Gobierno de Cantabria). Y en las revistas, fanzines o páginas web: Revista de Occidente; Turia;  Tendencias21; Nayagua; La Tribu; Nervo (revista de poesía portuguesa); La Gran Belleza; Tres en Suma; Caligrama… Sus versos están traducidos al rumano, portugués y francés.
Ha compartido escritura en talleres y seminarios con poetas como Ángel Leiva, Ivonne Bordelois, Reina María Rodríguez, Hugo Mugica o Enrique Gracia Trinidad. Ha colaborado en el programa de radio El Planeta de los libros, del Círculo de Bellas Artes de Madrid, con un espacio dedicado a la literatura de mujeres.

martes, mayo 19, 2020

Reseña de Diarios de la alegría, en la revista Duoda. Por Gloria Luis Peralvo

Un regalo esta reseña de Gloria Luis Peralvo en la revista Duoda- Estudios de la Diferencia sexual. Barcelona


María García Zambrano, Diarios de la alegría, Madrid: Sabina, 2019, 88 pp.

Una poética meditativa para convocar a la alegría 

En cada criatura cuando nace hay un empeño vital instintivo en custodiar la alegría, porque ella nos trae a la presencia, a la existencia. Cuando la desventura toca a la criatura, esa disposición a la alegría le falta, se siente abandonada y separada (de la madre, que es su mundo). Pienso que es una vivencia de muchas mujeres (y hombres) y creo que el sentir de esa experiencia atraviesa la escritura de María García Zambrano* de manera atinada y tenaz. Sobre todo en este último libro; pero también estaba presente ya en los dos anteriores (Menos miedo y La hija).1 Cobijar la alegría y la esperanza en lo más cálido del corazón como una poderosa llama de la supervivencia. Este es el deseo de María, insistente, como una llamada, para que el dolor no devaste su ser. 

Los poemas quieren convocar la vida y la alegría en cada verso. Son una plegaria libre, una letanía meditativa que permite a la poeta rajar el lienzo de la desventura 2 para que pueda llegarle la luz de la esperanza, El leve parpadeo de la alegría. 3 

Los poemas-diarios de María García Zambrano, algunos breves como suspiros, se hacen palabras aladas para alejar la desdicha. Su sintaxis desnuda, libre y muchas veces sin conectivas, es medular, va a lo esencial sin aspavientos; y de repente nos asombra con una metáfora inesperada, onírica o delicadamente espiritual. Esa sorpresa te golpea y percibes el sentido entero del poema.

Muchos poemas aparecen escuetos, como mensajes secretos enviados al corazón, al suyo y al de la lectora, con un fraseo corto, envueltos en una atmósfera misteriosa, irreal y potente. Es algo que a la autora le da soltura para decir el sentir de su vivencia, pero sin desvelarlo completamente; lo hace yendo a la expresión exacta, podando florituras.

Esta escritura busca enraizarse en la materia ensimismada, se aferra a ella para contagiarse de su fortaleza4. Son palabras que se visten de texturas de la naturaleza, de la tierra y del aire. Piedra, árbol, pájaro, nieve, río; símbolos que invocan la potencia, la gracia y la permanencia de lo cíclico, que la guían en su búsqueda incandescente para salvar la esperanza de las fauces de los leones acuáticos. Hay una bella metáfora, entre muchas, imagen potente que me ha tocado especialmente Mariposas sobrehilando / los cuerpos / temerosos […].5

Otras veces, en estos versos dolientes se adivina la experiencia de la desdicha, pero sin apego a ella, sin identificarse con ella. Al revés, muestran cómo el amor (sin condiciones) puede transformar esa vivencia en conocimiento de sí, en acercamiento espiritual a lo otro, en la búsqueda de lo que yo llamaría la pasividad activa, rescatando el sufrimiento de las entrañas, con aceptación libre, llevándolo hacia la luz (en realidad, como la luz son sus versos, compuestos de partículas expandiéndose en ondas circulares).

En el caso de María García Zambrano ese camino hacia la luz le viene dado por el budismo (lo expresa al final del libro en sus “Notas de agradecimiento” y “Citas y gratitudes”) si bien yo veo sus huellas también en nuestra propia cultura occidental, y concretamente en el pensamiento de nuestra querida filósofa María Zambrano, con ese apellido común que acerca casualmente a las dos autoras (María Zambrano a su vez, bebió de la mística cristiana medieval y de la tradición oriental de la mística sufí). Especialmente en Hacia un saber sobre el alma, Claros del bosque y precisamente En algunos lugares de la poesía (Trotta, 2007). 

No querría acabar la reseña sin añadir que, aparte de esa llamada a la alegría, en los poemas de este librito (editado bellamente, con un cuidado exquisito por Sabina editorial) está presente el agradecer, a la naturaleza y a la vida:

27 de febrero

Esta gratitud de intuirse a salvo 
con alguna herida-sutura 
y la luminosidad 
del sol 
entre los copos de una nieve antigua. 

Naturaleza que es maestra si la escuchas (Vagar por los instantes / fronda infinita y salvífica / donde despierta la alegría plateada / de los chopos). O este poema: 

24 de enero 

La sabia obediencia 
de la naturaleza 
enseña su misterio 

Observas.

En otros versos se muestran como aforismos: La humildad del silencio todo lo cuida. El silencio, la gracia que cura (eso que no tiene cura). O este otro: [La piedra] La paciencia como presente y porvenir.

Y el Amor, siempre presente en sus poemas, como ella dice: El amor sostiene nuestras vidas.

NOTAS:

1 Ver el poema Es hora de brindar, del libro Menos miedo: … Es hora de brindar / Ya no es la oscuridad la que me grita. O La alegría de La Hija: Bienvenida la textura del barro / en su materia esconde el prodigio del mundo / el fulgor la alegría / (tuya es la tierra de los que ríen)…; también este otro del mismo poemario: La tristeza:… Todas las madres reunidas alrededor de un cuerpo / que redime / con su escasos centímetros / resolvemos: / hilvanar con un hilo esta tristeza / la desesperación de no ver a LA HIJA / solo un cuerpo que se desborda / e inunda los ojos / la boca / el corazón. 

2 Ver los poemas de Menos miedo, donde se adivina una infancia dura y difícil; también la entrevista h¿ps://www.mujerhoy.com/vivir/ protagonistas/201701/05/cada-agradezco-hija-haberme-20170105085810. html en la revista Mujer hoy donde explicaba la experiencia de crianza de su hija, nacida con una enfermedad rara, encefalopatía epiléptica, en su forma más grave. 

3 Escribes / pasajes de dolor queman la página / entreverados con el leve parpadeo de la alegría […] p. 23. 

4 II. Las manos ansían el tronco / se aferran a él … en un abrazo. / - Contagiarse del ímpetu / acoger / la fortaleza, p. 32. 

5 Pertenencias V. p. 17. 

Debate en La caja noctura sobre la situación actual y la creación

https://lacajanocturna.wordpress.com/confinamiento-nocturno/

Confinamiento Nocturno

Nuestro cuarto número tardará en ver la luz, a causa principalmente de la crisis vírica del COVID-19. Esto, lejos de apartarnos de nuestra actividad, ha servido para hacernos reflexionar acerca de la importancia de las artes y de la grieta que se vislumbraba en el plano social.
Con esta crisis la ecuación verdad/credibilidad se pone en evidencia gracias a los medios y su desinformación o sobreinformación, y se toma en consideración el valor y la importancia del arte como refugio. Aparecía, de la mano, una sobrecarga de contenido por parte de los agentes culturales, muchos de ellos en apología individual, conjugados desde la incertidumbre y el aislamiento. Todo este afloramiento literario y artístico, buscando salvar la distancia, inundaba las redes y no faltaban aquellos que decidían mostrarse para promoción propia. Más allá de eso, creemos que el problema es global y a todos repercute y, seguramente, algún tipo de cambio en la mirada social y creativa devenga.
Nos sentimos en la obligación de no ceder ante el pesimismo que se pudiera generar. Quizá, como algunos estudiosos y filósofos se han aventurado a decir, una nueva solidaridad de las artes se erija. Cabe reavivar el diálogo y buscar dar el registro posible frente a un mundo que parece olvidar muy pronto lo que le acontece.
Desde La Caja Nocturna nos hemos propuesto lanzar una serie de preguntas a distintos creadores y colaboradores de la revista acerca de su opinión sobre el motivo vírico que nos afecta. Nos gustaría poder, a partir de ello, avivar un diálogo crítico desde la situación de encierro que nos convoca, buscando dar un registro y seguimiento oportuno.
Mediante correo electrónico planteábamos el siguiente texto a nuestra comunidad:
A pesar de que no ha pasado el tiempo debido como para poder hacer un análisis completo respecto a la situación actual, consideramos que estamos pasando un momento histórico que afecta a todo el planeta. Y como tal es necesario conversar.
Si el siglo XXI es en parte heredero de una profunda crisis del sujeto y un desarrollo profundamente individualista en constante deriva y alejamiento del Otro, además de basarse en una educación ultraproductiva y competitiva de un sistema y un mercado (globalizado) que sostiene nuestras vidas ¿Cómo se entiende la crisis que actualmente nos azota?
Las épocas de crisis suponen un interesante sustrato para lo intelectual y artístico, además de significar normalmente un juicio a los modelos y tradiciones imperantes. Estos últimos días hemos observado que los medios de comunicación han acudido a algunos expertos en materia filosófica, buscando asesoramiento, intentando, seguramente, apartar del flujo a los especuladores de información que únicamente ofrecen una opinión sesgada o incompleta bajo la cara del espectáculo. Como humanidad parece que hemos entrado en la telaraña del miedo y eso va suponer una ruptura en la mirada, cambio que desvela que el pulso del Mundo está alterado y esto, conforme pasan los días, va generando en la sociedad un fuerte sentimiento de indefensión ¿Cómo crees que este hecho va a incorporarse en la sensibilidad creadora, teniendo en cuenta que en el futuro nuestras relaciones sociales (políticas, económicas, artísticas) puedan verse modificadas por el fuerte cuestionamiento al actual sistema dominante?

Gracias a todas/os las/los que habéis participado. A continuación las respuestas que hemos ido recibiendo por parte de: Blanca Morel, Timo Berger, Javier Sáez, Francisco Layna, Ricardo Díez, Benito del Pliego, Enrique Cabezón, Miguel Ildefonso, Miguel Ángel Ortiz Albero, María García Zambrano, Roger Santivañez y Reinhard Huamán Mori con las que pretendemos empezar a configurar este mosaico crítico.



1.
fotoMariaGarciaZambrano
María García Zambrano. Poeta y profesora de literatura. Residente en Madrid, España.
En el debate ya nos hemos detenido en la etimología de la palabra crisis, una palabra que significa “cambio”. La crisis, entendida como transformación, forma parte de la historia, y ha sido la generadora de virajes, la mayoría de las veces, necesarios hacia modelos distintos.
Estamos de acuerdo en que hay que distinguir entre la crisis sanitaria que pone en jaque a la comunidad científica (una crisis que, no hay que obviar, se viene anunciando desde distintos foros y ha sido ignorada hasta el momento en que la cifra de fallecidos se ha vuelto alarmante y las respuestas “políticas” insuficientes). Y, por otro lado, la crisis política, económica y social en la que estamos inmersos pone de manifiesto la incapacidad, por parte de los gestores políticos y económicos, de responder a la pandemia. Una crisis que muestra, una vez más, que nuestras vidas se sustentan en un sistema profundamente enfermo, en el que la obtención de beneficios económicos está por encima de la protección de las necesidades básicas. La periodista y activista Naomi Klein, se expresaba así en un artículo reciente: “La normalidad es una inmensa crisis. Necesitamos catalizar una transformación masiva hacia una economía basada en la protección de la vida”.
Para entender lo que está sucediendo leo estos días a filósofos y pensadoras que, sobre todas las cosas, han reflexionado sobre la esencia de lo humano.
El filósofo japonés Daisaku Ikeda, que cada año desde hace varias décadas presenta una Propuesta de Paz ante Naciones Unidas, alertaba en su propuesta de 2019 sobre la gravedad de los cambios climáticos, e iniciaba su reflexión con una afirmación casi profética: “con la escalada continua de los desafíos globales, crisis antaño impensables se han hecho realidad por todo el mundo”. https://www.daisakuikeda.org/es/assets/files/2019-Propuesta-de-Paz.pdf
Para Ikeda, los problemas que sufre la sociedad están ocasionados por los seres humanos, y no habrá otra forma de resolverlos que empoderando a la gente común para que asuman su responsabilidad como agentes del cambio, a través de una revolución humana.
A la pregunta de cómo entender lo que nos sucede, más que dar respuestas me gustaría lanzar, y lanzarnos, algunas cuestiones. ¿Qué actores deberían ser los protagonistas de esa transformación necesaria? ¿La responsabilidad del cambio es únicamente de los gobiernos? ¿Es compatible la economía neoliberal con la protección de la vida? ¿Está dispuesto “el mercado” (o ese grupo de multimillonarios que expanden su poder a escala mundial) a sacrificar su crecimiento, a renunciar a su codicia, en aras del bienestar común? ¿Podrá un análisis que se limite a lo “macro” solucionar los problemas de la gente? ¿Estamos dispuestos a renunciar a algunas de las comodidades que nos da esa bestia a la que llamamos “capitalismo”, y que descansa dulcemente en nuestras tabletas de última generación?
Hay dos conceptos que me asaltan estos días, uno es el de la compasión (a tenor de cómo ha proliferado el término “solidaridad”), y otro concepto es de la “banalidad del mal”. La poeta y filósofa Chantal Maillard en un diálogo titulado Un no saber cargado de compasión, reflexionaba de este modo: “La existencia es sufrimiento, como enseñaba el buda, lo cual por otra parte es de una gran obviedad. A algunos nos es dado tomar conciencia de ello y com-padecernos. La com-pasión (cum-pathos) es distinta de la «solidaridad». Se trata de padecer con el otro, no de hacerse un bloque defensivo u ofensivo (sólido). Por supuesto que hay acciones políticas que puedan y deban realizarse a partir de allí. Yo me contentaría con que todos pudiésemos lograr un grado de compasión suficiente como para que estas acciones no fuesen necesarias.” https://www.nodo50.org/mlrs/weblog/images/el_no_saber_cargado_de_compasion-digital.pdf
Me pregunto cómo podría cambiar esa solidaridad que estamos viviendo estos días a un sentir compasivo que, más allá de congraciarse con el otro con quien compartimos un mismo enemigo, le tienda la mano en acciones reales, una vez pasada esta situación. E incluso, cómo va a evolucionar esa “solidaridad” una vez volvamos a la vida normal…
Y en cuanto al concepto de “la banalidad del mal” de Hannah Arendt, la filósofa alemana, a partir del juicio al nazi Adolf Eichmann, reflexiona sobre el hecho de que cualquier persona aparentemente normal, con una vida nada destacable, es capaz de cometer atrocidades. En estos momentos, en los que reina el miedo al contagio, la incertidumbre, la rabia y la angustia… miramos hacia afuera y buscamos culpables pensando que ninguno de nuestros actos tiene que ver con la crisis colectiva que vivimos. Nos vemos como pequeños eslabones sin capacidad de decisión y, por tanto, sin responsabilidad en la cadena en la que hay otros que deben rendir cuentas. Los problemas medioambientales, por ejemplo, la gestión de unos gobernantes que hemos elegido en las urnas, el mercado en el que nos abastecemos de lo innecesario…  no tienen nada que ver con nosotros. Sin la conciencia de que somos parte activa en la resolución de la crisis, ¿cómo se va a producir un cambio?
Las revoluciones tecnológicas, políticas, económicas… ¿hacia dónde nos han llevado? ¿No será el momento de acometer una revolución que cambie la sociedad desde la raíz y que apele a la capacidad que tenemos los humanos para la compasión? ¿No deberíamos exigirle al estado que blinde las necesidad básicas de la ciudadanía, como la sanidad, la vivienda, la educación? ¿Por qué permitimos que el estado no controle a industrias como las farmacéuticas, que mercadean con algo tan preciado como la salud?
Estoy convencida de que la filosofía nos puede dar las claves de qué camino seguir, o, cuanto menos, dibujar un diagnóstico más claro. Estos días más que nunca es necesario leer a Hannah Arendt; a Simone Weil y su pensamiento dirigido a la acción como clave fundamental para comprender la realidad y provocar el cambio; a Daisaku Ikeda y su propuesta de “revolución humana”; a las filósofas del Ecofeminismo, como Alicia Puleo…, y a tantos pensadores que nos están advirtiendo, desde hace décadas (o siglos), de que la transformación es posible pero pasa necesariamente por un cambio de modelo que nos implica a todas y todos.
2.
Me pregunto, como se preguntaba el filósofo alemán Martin Heidegger, ¿para qué (sirven) los poetas en tiempos de penuria?  Y me consuelo con María Zambrano y su razón poética. Sin embargo, me muestro escéptica y regreso a la idea del “mercado” que devora todas las cosas humanas. Una creación que se pliegue a las leyes mercantiles, que busque un reconocimiento mediático, que no dialogue con su genealogía artística, la supere, la cuestione…se convierte en arte para el consumo, sin trascendencia. Por ejemplo, la deriva de cierta poesía, que es el campo que conozco, hacia un “mensaje de masas”, panfletario a veces, falto de profundidad, producto de una inmediatez contraria al hecho artístico… me hace pensar que en estos tiempos de penuria la creación que pueda transformar al ser humano, por su apuesta comprometida con el lenguaje, no llegará a una ciudadanía malacostumbrada a la fast food e incapaz de ser atravesada por el poder del arte. Y esta imposibilidad a la hora de enfrentarse a textos más complejos está directamente relacionada con una educación mercantilizada que ha primado la tecnología a las humanidades.
Aun así, confío en que este tiempo sea de siembra para discursos verdaderamente transformadores que disfrutaremos a medio y largo plazo, y que pondrán el acento, como ha hecho el arte ante otras situaciones de crisis, en la grandeza y la miseria del ser humano. Un arte que nos mueva a la reflexión, a la catarsis, a la belleza y su poder de subversión.

jueves, abril 30, 2020

Poema en la revista Nocturnario


Comparto un poema publicado en la revista mexicana Nocturnario

http://nocturnario.com.mx/revista/decir/

Decir el amor y la ira

MARÍA GARCÍA ZAMBRANO
Atraviesas la tierra       de norte a sur
como un mesías
sobre las aguas mansas
un pie tras otro
lentamente
– desde aquel día traslúcido lloras
como se inundan los transatlánticos –
pero ahora caminas
sobre los pliegues
invicta
que has sobrevivido al terror
de los nombres
y sabes defender su delicadeza
lloras
– dos barcos levan anclas
navegan por tu cuerpo
navegan con sus alas
atravesando
este lugar no compasivo –
pero tú
que caminas ahora sobre el océano
ya no susurras el réquiem de Fauré
y sostienes al pájaro extraño
firmemente
que alimentas a la petirroja
no desaparezcas
Poema inédito del libro Decir el amor y la ira.
María García Zambrano (Elda, Alicante, 1973) es profesora de literatura en secundaria y docente en la Fundación de poesía José Hierro, de Getafe (Madrid). Ha publicado los libros: El sentido de este viaje (2007); Menos miedo (premio Internacional Carmen Conde y premio Ausiàs March al mejor poemario del 2012); La hija (2015); Diarios de la alegría (2019). Especialista en poesía escrita por mujeres, pertenece a la Asociación Genialogías.

miércoles, enero 29, 2020

Diarios de la alegría. Lectura recomendada

Los Diarios de la Alegría, lectura recomendada en la Fundación Centro de Poesía José Hierro.

http://www.cpoesiajosehierro.org/web/index.php/poesia-en-red/lecturas-recomendadas/item/diarios-de-la-alegria

Diarios de la alegría


Reseña de Julieta Valero, Nayagua 30

Roce, rastro, gratitud


Estas palabras de presentación de los Diarios de la alegría[1] no pueden partir del acto de la escritura, aunque indefectiblemente pasen por ella. El lugar en que nos sitúa y en que propongo humildemente abordarlos está tan honesta y extraordinariamente alineado con el más profundo sentido de la vida que comenzar hablando del cómo, aunque sea su qué, sería parecido a estar ante un chopo y hacerle una fotografía. No. Debo empezar por un espacio de vida aún anterior o acaso hermanísimo de la alegría que fundamenta este libro. Y para eso voy a citar unos versos que me sacudieron profundamente en los días en que estaba sumergida en el texto (cada vez creo más en las causalidades...). Pertenecen al poema "Remanencia", de René Char:

¿Qué te hace sufrir?
Lo irreal intacto en lo real devastado.

Lo repito porque es un dardo denso y un pellizco de verdad que cuesta acoger:

¿Qué te hace sufrir?
Lo irreal intacto en lo real devastado.

Quienes hemos tenido el privilegio de seguir la labor poética de María García Zambrano sabemos que el temblor del cielo que acogía y narraba generosamente La hija y que la amalgama de amor y de ira que contiene el libro que escribió después, aún inédito eran, a la luz del acarreo que es vivir, y del que da cuenta la escritura, necesarios para que exista hoy este libro luminoso, de la misma forma que el desajuste que produce no alcanzar la perfección (estéril) de nuestros deseos primigenios, o de su forma artificiosa, genera una intacta irrealidad en nuestro interior que contrastará produciendo un sordo desgarro, probablemente para siempre, con la realidad de la vida, antes o después para todos devastadora. Un acúfeno, un sonido íntimo ineludible, ojo sin párpado. Quiero decir que para hablar con propiedad de la alegría hay que saber, desde el todo que somos, lo que es el sufrimiento. Y que forma parte de la condición humana.  
            Así, y entonces, es posible dar, nada más abrir este libro, una excelente noticia:
Hay un lugar de hondura anterior incluso al Amor más puro. Hay un subsuelo límite hacia nuestro centro, hay un Centro que no es solo el volcado celebratorio y lacerante del acto de amar. Cito la primera parte del primer poema de los Diarios de la alegría (perteneciente a Preludio de la alegría):

Desde la médula
Escucha al árbol
su no fragilidad
desciende
   a la raíz
imperturbable.

―Creías conocer
la transparencia del amor
el centro oscuro de la luna

sabiduría vana frente al hueco
donde albergar
   la gratitud
un día de verano―

LA GRATITUD
El lugar medular de la vida, de este libro, es la gratitud pero la actitud que la posibilita es la escucha: "Escucha al árbol / su no fragilidad".
            La naturaleza, la verdad del mundo antes de nuestra intervención, es una obviedad de armonía que se nos brinda. Si sabemos que la condición de la vida es porcelánica, que lo raro es esa no fragilidad, entonces puede abrirse el inmenso espacio perceptivo del mundo como un milagro en su en sí lleno de fugacidad y de misterio. A la vez palmariamente cierto, y fuerte. Por su firmeza, casi atemporal:
No juzgues el limo / escucha la paciencia de las piedras.
Sí. Casi desde su obertura, algo importante sucede y exigen Los diarios de la alegría para ser transitados y tiene que ver con la atemperada atención que muestra la voz poética. En la espera conectamos con la inquietud fundamental y con una fundamental amplitud. Sin esa espera no se darían ni la epifanía de quien mira, ni la textura material y tan sustanciada de los versos ni, por supuesto, la experiencia de la lectura. Me sirven para este pensar compartido unas palabras de Chantal Maillard de su ensayo La baba del caracol (epígrafe "Aquietarse, Escuchar. Respirar"): [2]
Un universo en el que nada se detiene, en el que todo con todos estamos en proceso, un mismo proceso com-partido. Cada cual, una trayectoria vibrátil que converge, se superpone, confluye, desaparece. Yo sucedo al mismo tiempo que esta mesa, que usted... Confluencias. ¿Tiempo? Otro tiempo. El de los relojes, no; nada que solidifique las fuerzas. Un tiempo que permita acontecer entre todos y, a la vez, dar cuenta de ello. Entrenarse en ello, en esa temporalidad del suceder, tal vez sea cuestión de escucha, no de discurso. 
Por lo tanto, primero es la escucha; de seguido la noción de la delicada imperturbabilidad de la vida: “Estas son tus pertenencias / musgo / pies / tronco / nervaduras / firmeza del árbol frente a lo efímero”. Pero esa firmeza que permanece solo se explica porque se es capaz de percibir el cuidado, otro de los ejes de estos diarios: el mimo de las formas de la vida y cómo este se produce en un metamórfico entretejerse que es la naturaleza principal del amor; la interrelación de cada uno de sus componentes: son esas nervaduras del árbol, son también “mariposas sobrehilando / los cuerpos”, es el “chopo / que arrulla a la nube / con su tronco perfecto”. “El amor sostiene nuestras vidas”, se nos dirá muy avanzado el libro. Pero se nos hace saber desde este preludio que solo nuestra transitividad nos otorga la cualidad de seres vivos.
A todo esto, la escritura. Que quien habla en estos versos tenga una relación doméstica, (tan envidiable) con la gracia plena del mundo no le libra de la necesidad de ser y hacerse en términos de lenguaje. “La primavera no se piensa, pero yo no soy la primavera”, escribió Juan Gelman. En el poema “No hallaría palabra tan pura” la poeta no encuentra imperfección ni banalidad alguna en el paisaje pero se pregunta “quién podrá nombrar / esta belleza”. Aun cuando fuera posible atrapar en un verso la historia de la libélula azul que vuela paralela al río, “no hallaría palabra / tan pura / para acoger / el dulce / temblor / del agua”. No se puede nombrar la sagrada, complejísima y apabullante relación de los seres entre sí, que es la raíz de la Vida toda, pero decir esa misma precariedad del lenguaje, que define nuestra naturaleza humana e intentar, contradictoria y tiernamente habilitarlo, deviene en el motor radical de la poesía y es, ante todo, una alta muestra de compasión. Un nido.
En los poemas que anteceden y siguen a este que cito, se configura esa relación de necesidad, intuitiva, e indeseada también, con el lenguaje. La fisicidad de las palabras, su “húmeda consistencia” acoge el dolor, sí, nos sumergen en el sueño verbal, pero desplazan “lo que importa”: “el leve parpadeo de la alegría”; y la poeta, entonces, se lamenta: “no soportas / el alfabeto que entorpece / esta contemplación”. Finalmente no hay batalla, nunca la hubo, el musgo como símbolo de la silente y todopoderosa supervivencia nos lo recuerda, “sagrados nuestros nombres / dichos / así / con la gratitud / del musgo / aferrado / a la sólida / roca”; y el árbol muestra el único camino posible, el de la asunción: “Aceptas su belleza / sin más expectativa / y vives”.
Algo se ha liberado cuando estamos completamente aquí sin ansiedad ante nuestra imperfección. En los diarios que siguen ―que abarcan las cuatro estaciones, desde el verano a la primavera siguiente, entre dos años consecutivos―, este aware, este asombro puro ante la naturaleza de la vida, se vuelve sobre la propia conciencia y acoge a la poeta y a sus seres amados como tierna parte de ella, en una suerte de extenso haiku heterodoxo en el que pareciera que la compasión pudiera suspender el juicio, momentáneamente, y hacer sitio a la falibilidad humana, y a su irrenunciable yo. No se trata de una construcción identitaria. Nada más, nada menos que un ser vivo, recipiente y productor de impresiones; por debajo, y desde su trabajo espiritual, acaso un alma; algo que vibra, busca, vincula. Se compromete. No es casual que comiencen estas entradas de diario alquimizadas de entrega a la vida con una subversión, aquí ya benéfica, del poder de la escritura, que ahora permite a la poeta contemplar la plenitud brevísima de la libélula y regresar a “la casa con su vuelo / prendido / en la escritura”; o equilibrar el amor de la madre (entendemos que su entregada voracidad ahora nos es propia) percibiendo que “ya no existen ataduras / en la lengua materna”; o, al escuchar el balbuceo de la hija saber que “ese lenguaje ya estaba en ti” e invitarse, invitarnos a “amar su sentido”. Redención del lenguaje que es redención de personas, entre personas.
Y los poemas se van brotando de infinitivos como decálogo viviente de la realidad de la propia existencia y del deseado proceder moral, en una propuesta ética que considera el corazón como principal órgano pensante del que disponemos, y el único certero: “Desear la alegría”, “Cultivar la ternura / la compasión / deliciosamente”, “Despertar a las bestias con bocanadas / de belleza”, “Sentirse criatura alada”, “Acoger el roce cálido del sol” “Albergar un porvenir luminoso”.
 La alegría es una cotidiana, disciplinada y placentera suma de infinitivos. Por ahí entra la esperanza, que siempre estuvo; por ahí se pre conjuga el futuro y la “gratitud de intuirse a salvo / con alguna herida-sutura”. Por ahí y por todas partes la hija, la mirla espolvorea la realidad con sus “amaneceres de sonrisa blanca” y su saber absoluto del “arte de vivir”.
La última palabra de los Diarios de la alegría es "Felicidad". Si pelamos el celofáncomercializado de su uso, es el sustantivo menos ingenuo, más devastado y más valiente de los pronunciables, el que lleva la marca del roce, la herida, el daño y la gloria del vivir. Inger Christensen escribió “Felicidad es el cambio que me ocurre cuando describo el mundo. Le ocurre al mundo”. La mujer, la madre, la poeta ha hablado. Sabe hacer muchas más cosas, pero no puede renunciar a su asombrado Decir, y es su palabra, materia de vida, el rastro y la ofrenda generosa de una entrega total y de una total modificación, que ahora nos mira.
 Julieta Valero


[1] Texto leído a modo de presentación de los Diarios de la alegría, de María García Zambrano, en la librería La Central. Madrid, 17 de junio de 2019.

[2] Chantal Maillard, La baba del caracol, Madrid, Vaso Roto, 2014, p. xxx.

viernes, junio 14, 2019

Diarios de la alegría en La Central de Callao el lunes 17 de junio

Diarios de la alegría, de María García Zambrano

Sabina




Lunes 17 de junio de 2019, 19:30hLa Central de Callao
Acompañarán a la autora Julieta Valero, poeta y Yoshiko Sosa, miembro de Soka Gakkai

En la poesía de María García Zambrano hay una correspondencia entre las palabras y el sentir que en muchos versos alcanza a ser exacta, luminosa. Esto ocurre cada vez que el cuerpo entero de quien lee se estremece, se conmueve porque siente que esas palabras han tocado la médula del ser y se han convertido en mediación entre la vastedad del mundo y su diminuta fragilidad: “Un instante de luz / la Mirla ríe / ese don en sus alas”.
¿Se puede hablar de alegría sin obviar el dolor, el peso del vivir? María García Zambrano lo hace en este libro, en el que ofrece tres pasos de danza que invitan a seguirla en su movimiento: Preludio, los Diarios, donde muestra un camino para abandonar el discurso puramente racional: “La alegría son estas misteriosas alas / y la paciencia con que sonríes / a las desconocidas”. Y la Coda, un poema a dos voces entrelazado con las enseñanzas de su maestro, el filósofo budista y poeta japonés Daisaku Ikeda, dedicado a quienes comprenden que vivir es abismarse con humildad en el ser. El secreto de la ligereza: “Vuela Mirla hacia lo alto”.

María García Zambrano (Elda, España, 1973). Licenciada en Periodismo por la Universidad de Sevilla, con estudios de doctorado en Letras Modernas en la Universidad Paris-Diderot. Actualmente es profesora de literatura en un instituto madrileño, e imparte el taller de poesía Nombrar el secreto, en la Fundación Centro de Poesía José Hierro. Forma parte de la Asociación de mujeres poetas GENIALOGÍAS. Tiene tres libros de poesía publicados: El sentido de este viaje (Aguaclara, 2007); Menos miedo, Premio Carmen Conde de poesía, (Torremozas, 2012), finalista al premio Ausiàs March al mejor poemario del 2012, y La hija (El sastre de Apollinaire, 2015). Sus versos aparecen en revistas como Turia, Nayagua o El Cultural. Ha sido traducida al portugués y al rumano.

jueves, mayo 02, 2019

lunes, septiembre 04, 2017

Poesía y enfermedad: el lenguaje poético ante lo real. Nayagua

Os dejo una reflexión sobre mi escritura que salió publicado en Nayagua 25, en la página 117

http://www.cpoesiajosehierro.org/web/uploads/pdf/7d0967d3386d211b4a9967ad061ec11b.pdf

Poesía y enfermedad: el lenguaje poético ante lo real


“Nada tiene que ver el dolor con el dolor
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
las palabras que usamos para designar estas cosas están viciadas
no hay nombres en la zona muda.”

Enrique Lihn, Diario de muerte


Escribo este texto en la habitación de un hospital. En esta zona muda quiero encontrar las palabras precisas, no viciadas, que pongan lindes al terreno donde germina mi poesía. Advierto que teorizar sobre la propia creación me sitúa en un lugar incómodo porque de un tiempo a esta parte no puedo dar nada por sentado, intuyo una poética en construcción, en un estado permanente de aprendizaje, como el vivir. Desde el nacimiento y enfermedad de mi hija, el eje sobre el que se podría anclar mi poesía no cesa de moverse, incluso de fragmentarse. Enrique Lihn escribe su Diario de muerte enfermo de cáncer. 

“Escribir el dolor/ para proyectarlo/ para actuar sobre él con la palabra” escribe Chantall Maillard
. Elijo este punto de partida. Conozco el territorio del dolor, una pulsión inevitable me lleva a hablar de él (o desde él). Entonces las palabras de Ajmátova en su Réquiem se convierten en un mandato, y un desafío. “¿Y usted puede describir esto? Y yo dije- Puedo”.

 “El soplo quiere una forma” grita Hélène Cixous en La llegada a la escritura. El dolor quiere una forma, parafraseo. Una forma nueva y desconocida para transitar una zona terrible y desconocida, donde habita lo real, y de la que no se puede hablar. 
Existe un punto de inflexión natural en mi creación que separa los libros que anteceden al hecho nombrado. Menos miedo se publica antes y su escritura supone para mí una vía de conocimiento, un indagar en la memoria (situarse en ese refugio familiar para rescatar los afectos), enfrentarse con el miedo a través de la escritura para neutralizarlo, cantar el amor y las posibilidades de la palabra para alumbrar ciertas sombras. Su escritura me llevó al menos seis años y hubo un trabajo sobre el andamiaje de los textos, el ritmo, las imágenes y metáforas... Una escritura que, al paso de los años, la veo como una  apuesta estética, con un cariz ontológico y metafísico sí, pero un juego del que podía salir indemne, porque tenía la libertad para abandonar. Escribía desde un “cuarto propio” más o menos apuntalado. En algunos textos de este libro di rienda suelta a cierta imaginería simbolista y surrealista para hablar de la angustia, incluso de la depresión, pero desde la distancia de quien ya se sabe a salvo, tan solo arriesgaba mi capacidad como poeta, y eso, ahora lo sé, no es tan trascendental. Pero llegó el dolor y la muerte/posible, y tuve que nombrar lo real. De las estanterías de ese cuarto se cayeron apuntes de los románticos, y Goethe, y Derrida, y la vanguardia, y la posmodernidad, y el discurso roto, y la fragmentación del sujeto lírico, y la anulación de la sintaxis etc, etc. “La estética si no está al servicio de algo más importante es inútil”, afirma Maillard en una entrevista. Me quedé desnuda en un cuarto vacío. El olor de un hospital, la aguja que penetra, el flujo de oxígeno que se oye en la noche, la herida real en la carne real de tu propia hija, ¿cómo se nombran? No podía jugar con el lenguaje, o no sólo. La enfermedad no me pertenece, no quiero apropiarme de ella, pero hay algo quizá más consustancial que el propio mal. El dolor de un hijo te sitúa en un precipicio en el que la angustia no te deja pensar/construir un discurso propio coherente, todo estalla, hay que levantar de nuevo esa torre de sentido construida durante años. Debo resignificar las palabras. La escritura, como la vida, se sitúa ahora en el límite. 

El signo es arbitrario, pero el dolor no, escribía Alberto Chessa tras la lectura de mi libro La hija
. Era necesario limpiar las ruinas teóricas y acercarme a quienes me precedían en esta tarea tan real que enfrenta vida y muerte. Anna Ajmátova, Chantall Maillard, Mary Jo Bang, Paul Celan, Juana Castro, Silvia Plath, Roberto Bolaño, Enrique Lihn, Francisco Umbral... Literatura/vida es el binomio recurrente al abordar la creación de muchos escritores, ¿cómo afrontarlo ahora desde esta trinchera? Quería escapar de una autorreferencialidad narcisista, hablar de lo universal desde mi condición de sujeto lírico distinto a mi yo herido, que mi voz fuera “transparente” para sumar las voces de una experiencia que trascienda el “yo”, una experiencia que, sabemos bien, no se puede nombrar, y sin embargo, tanto el libro La hija como el inédito El amor y la ira comienzan con el verbo ser en primera persona, qué sospechoso. Tal vez porque la enfermedad dinamita tu propio ser, y una ya no sabe cuánto podrá soportar, aflora la necesidad de que el poema sea ese “lugar donde todo sucede” del que hablaba Pizarnik, ese espacio donde se pueda ser sin la atadura del sentido, de lo contingente, donde se pueda amar sin condiciones, donde se pueda soñar una curación, el único lugar de paradoja donde la aguja deje de ser aguja. Estamos de acuerdo en que la literatura es ficción y el poema un artificio, sin embargo, ¿por qué en este caso la escritura se convierte en urgencia, nombrar en un asunto vital, y el decir poético, ahora sí, te compromete porque te juegas la vida, o cuanto menos la cura que ofrece la poesía? 

En La hija se plantea una tensión entre cierta “historia” que quiero narrar y cómo forzar la palabra poética hasta un espacio de significación nuevo para que de fe de ese acontecimiento. Los poemas se van articulando como piezas de un puzzle que pretendo sea un todo con una organización interna determinada, en este caso, un discurso del proceso de gestación, nacimiento, enfermedad de mi hija, y de la superación del dolor a través del amor. La obra deja entrever un plan previo que en cierto modo me sorprende (mi poesía anteriormente no había sido narrativa), y se pone en marcha una lírica que pretende defender una épica del dolor con su heroína, su tiempo y su lugar, sus personajes secundarios y sus distintas tramas. En este articular el discurso poético concibo la escritura como tránsito hacia la compasión, y deseo que se produzca una reverberación gracias a la complicidad de quien la reciba. Que el verso lanzado al estanque pueda hacer ondas ad infinitum. Pero sé de mis limitaciones para escribir el poema que quiero escribir. Al mismo tiempo, recupero la palabra como signo, y por tanto elemento de comunicación. Trabajo sobre palabras precisas y consciente me aproximo a cada texto con dos objetivos claros: el ritmo (que considero esencial a la poesía), y las capas de significación. Quiero hablar de lo que no se puede decir de la forma más diáfana posible, he ahí el desafío. En este sentido me erijo conscientemente en la voz que describa lo que otras muchas madres viven en las zonas más oscuras de este hospital. No obstante a la pregunta que aquellas mujeres, a las puertas de la cárcel, le hacen a Ajmátova aparece la duda, ¿puedo?
Durante la escritura de La hija surgen otros textos, un cuaderno paralelo en el que percibo que mi voz es distinta. En La hija hay todavía cierta confianza en la palabra que pueda disolver la enfermedad. En el inédito El amor y la ira la tensión se resuelve con la manifestación de una palabra tullida, una palabra inane, una palabra llena de agujeros de bala. A la enfermedad como hecho vital la rodea un contexto que agudiza sus consecuencias: el rechazo de los otros, la lástima, la soledad, la falta de compasión, el estigma de la discapacidad... Cuando ya habíamos aceptado la lucha vida/muerte llega una lucha más sutil pero más mortífera. Ante lo real la palabra se había erigido casi victoriosa con su poder evocador y su capacidad para iluminar esa zona muda, y esa palabra se asentaba sobre algunos presupuestos budistas que funcionan como un sustrato que alimenta cada uno de mis actos poéticos. Concebir el poema como acción que a través de las palabras pueda transformar el veneno en medicina. O que la voz haga la tarea del Buda, es decir que se produzca la alquimia y el resultado sea dotar de una luz nueva a los viejos términos para llegar a una comprensión más profunda. Como afirma Zambrano de los poetas, reflexionando sobre filosofía y poesía: “quien habla, aunque sea de la más abigarrada multiplicidad, ya ha alcanzado alguna suerte de unidad”.

Sin embargo, mantener esa unidad es una tarea muy difícil. En El amor y la ira se presiente cierta incapacidad para apresar las distintas voces que se multiplican, pero sobre todo acallar la que conoce bien la fragilidad del verbo, porque sabemos las trampas del lenguaje, y las palabras se yerguen como torres de plumas, escribo en un poema, o he perdido la capacidad para hablarle a la muerte
El primer texto que surge de El amor y la ira está en prosa y en él establezco una polifonía que enfrenta ese yo múltiple con los otros, un juego de tipografías y cierta teatralidad rompen los esquemas de los textos anteriores, y por otro lado se continúa ese camino abierto en La hija que pretendía partir de la compasión (ahora se trata de la falta de ella) e interpelar a los otros en el poema, hacerles partícipes de ese dolor. Este texto lo escribo tras la primera visita a un centro de discapacitados, aunque las referencias se diluyen, ya no me interesa la realidad con sus datos sino expresar la conmoción que produce en mí esa experiencia. A partir de este texto, que se sitúa al final del libro, concibo un libro con más libertad que pueda ser un amalgama de formas y ecos, y que en los poemas se dé esa confluencia de voces en diálogo con un tú que forme parte del organismo textual (querría ser tu hermana/ y que fuésemos juntos a curarnos la fiebre). Asimismo, regreso a la imaginería surrealista, con la que me siento muy libre, imágenes que aunque sigan conviviendo con lo real de la enfermedad y su contexto, pretenden abrir una puerta a la ensoñación como vía de escape, y por qué no de terapéutica expiación. Un bestiario de animales, seres mitológicos, insectos, y pájaros pueblan  los versos (una fauna que aparecía ya en La hija en este libro campa a sus anchas) queriendo que el conjunto se convierta en un ecosistema en el que pueda cohabitar la belleza de seres delicados con otros monstruosos, espacios luminosos frente a zonas más sombrías. La hija se transforma entonces en una mirla, un pájaro acuático, un pez veloz que se sumerge y emerge sin las ataduras de lo referencial, frente a los otros que son hermanas elefante con su colmillo sordo, cíclopes matando a manotazos al héroe, o muñecos de peluche con ojos vacíos a lo pizarnik.
Aunque el verbo esté debilitado, aunque haya perdido su orgánica firmeza y sólo sea un signo marcando el límite, no cejo en la tarea de expresar el amor, fuerza sanadora que intento insuflar, y fundar, en el poema. Aun siendo más consciente que nunca de que en esta lucha contra la enfermedad la palabra se ha resentido, intento una y otra vez regresar al poder detonador del lenguaje poético, con su resonancia, a la palabra evocadora y en apertura constante, para escapar de lo real.  
Escribir/porque crujen las rodillas/y hay como un sueño/esperando a ser soñado
/justo detrás del dolor

Escribir para que suceda como en los musicales de Hollywood en los que la narración se interrumpe para dar paso a unos instantes de goce y extrañeza, sin tiempo, sin espacio y sin contingencia. Escribir para que cese el pitido de una máquina y una melodía nueva, pero a la vez reconfortante, silencie la amenaza de la muerte.

Artículo en El Cultural: Radiografía del dolor en la literatura

Un interesante artículo de Jaime Cedillo publicado en El Cultural que hace un recorrido por algunas de las obras que han tratado el tema de la enfermedad, la muerte, el dolor en sus distintas vertientes. Una buena panorámica, y un honor estar ahí con autores y autoras tan grandes. Os dejo el enlace y el texto.

 http://www.elcultural.com/noticias/letras/Radiografia-del-dolor-en-la-literatura/10895

 Radiografía del dolor en la literatura

 La enfermedad siempre ha tenido su lugar en la literatura universal. Desde las pestes y las plagas hasta el SIDA o el cáncer pasando por la tuberculosis, que sirvió de caldo de cultivo a tantos autores románticos a partir de la crisis de finales del siglo XVIII, cada época de la historia ha soportado sus propias afecciones. Pero a pesar de ser dos términos unidos en el tiempo, la enfermedad y la literatura han protagonizado un nuevo encuentro en el mundo actual. El rechazo del dolor por parte de esta nueva sociedad posmoderna, demasiado preocupada por la publicidad de la salud mental -mens sana in corpore sano-, ha sido precisamente la causa fundamental de esta renovación. Los autores españoles más representativos de esta nueva corriente hablan para El Cultural.

 JAIME CEDILLO | 27/06/2017


 La sociedad contemporánea no está preparada para el dolor. En concreto, el mundo occidental y el culto que actualmente se rinde a la juventud, la salud y el deporte han tejido un velo demasiado opaco entre la vida y la muerte. Por ello la enfermedad no acaba por familiarizarse con un mundo donde los hospitales, los tanatorios y los cementerios están demasiado lejos de la vida social, tal y como apunta la poeta Olga Muñoz Carrasco (Madrid, 1973), que publicó en 2016 Cráter, Danza, un poemario de gran potencia metafórica escrito mientras luchaba contra un cáncer. Marta Agudo (Madrid, 1971), autora de Historial, publicado en abril por la editorial Calambur, se pregunta: "¿Te imaginas un gran hospital en medio de la Gran Vía?"

 Historial es el último ejemplo de una nueva corriente dentro de la literatura de la enfermedad en España. Influenciada por clásicos como La montaña mágica de Thomas Mann, quizás sea el primer libro que aborda la enfermedad desde una perspectiva más técnica -la medicina se refiere a esta literatura como "relatos patográficos"-, Marta Agudo establece con este poemario una intención clara de hablar del dolor ("adicción, lapsus del cerebro") sin concesiones. "La enfermedad es el lado nocturno de la vida", reza la cita que abre Historial, extraída de La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag. Este ensayo, escrito por la autora norteamericana en 1978, es uno de los libros imprescindibles en la era contemporánea, pues "rompió el tabú de la enfermedad en la literatura", según afirma Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965), autor de Diario del hombre pálido, una obra honda y sin artificios que cuenta la historia en 139 días de un hombre enfermo atado a una máquina de diálisis.

 Para el pamplonés, El año del pensamiento mágico de Joan Didion fue la otra obra que derribó los cánones establecidos por la literatura de la enfermedad. Este diario en el que la autora narra la enfermedad de su hija y la muerte de su marido es una reflexión sobre el instante: "Te sientas a cenar y la vida que conoces se acaba". De la misma forma que el texto de Didion está repleto de informes hospitalarios y nombres de medicamentos, se agradece la estructura a modo de guion cinematográfico por la que opta y la escritura directa que emplea. Didion mezcla la enfermedad y el duelo en una obra emocionante con imágenes potentes como el pasaje en el que dona las ropas del marido a su muerte. Al recoger sus botas, se pregunta: "Si las entrego, cómo podrá volver".

 El diario, género de la enfermedad

 El diario es el género que mejor se presta a la hora de abordar textos sobre la enfermedad. En España existen ejemplos que van desde el Diario de un enfermo de Azorín hasta El Mundo de Juan José Millás o Diario de una enfermera de Isla Correyero, un poemario de 1996 que aborda la literatura de hospital más que ningún otro de los contemporáneos. En medio, Leopoldo María Panero con los Poemas del manicomio de Mondragón o Francisco Umbral con Mortal y Rosa también se acercan al diario, pero no es exactamente el tipo de literatura que se corresponde con esta nueva corriente. El primero aborda la enajenación mental y el segundo es un canto lírico al duelo por la muerte de su hijo, pero ciertamente ninguno de ellos se inmiscuye en el dolor físico como lo hace, por ejemplo, Rafael Argullol con Davalú o el dolor. Se trata de un diario-ensayo de 2001 en el que relata, con perspectiva filosófica y reflexiva, su dolor de cervicales en un viaje a la Habana.

 Pabellón de reposo (1944), una de las obras más tempranas de Camilo José Cela, es un libro necesario para tomar como referencia desde esta nueva corriente que se aproxima al dolor sin contemplaciones. Cela se desmarca de la perspectiva romántica con la que la literatura había poetizado la tuberculosis a través de la historia de siete enfermos terminales. "Los últimos instantes de la tuberculosis no son, en verdad, tan hermosos como han querido presentárnoslos los poetas románticos", escribe la señorita del 14, pues los personajes no tienen nombre, sino que son llamados por el número de su habitación. Tan latente se percibe el dolor físico en la obra que fue prohibida en sanatorios de tuberculosos como los que visitó el autor antes de escribir el libro.

 Si se escribe en primera persona, "será una literatura más encarnizada", apunta Marta Agudo, a la que sólo le hicieron falta cuatro horas en una residencia de enfermos mentales de Zaragoza para compartir esa "revelación" a través de su último libro. Por su parte, Olvido García Valdés (Asturias, 1950) fue reconocida con el Premio Nacional de Poesía en 2006 por su libro Y todos estábamos vivos donde dialoga sutilmente con la enfermedad. En general, su trayectoria contiene pasajes dedicados a las dolencias o las patologías, utilizando como símbolo a una polilla que aparece en toda su obra -su poesía reunida recibe el nombre de Esa polilla que delante de mí revolotea- porque "la aparición del animal señala la extrañeza que a veces se siente de estar vivo".

 La mujer, un cuerpo en eterno conflicto

 En general, las mujeres han tenido una implicación especial a la hora de abordar la literatura de la enfermedad. Según Olga Muñoz Carrasco, la razón estriba en que "la mujer convive con su cuerpo de manera más radical".

En efecto, "la vida del hombre es lineal y la mujer es cíclica; por tanto, la menstruación, el parto, la lactancia y la menopausia, todas relacionadas con el dolor, hacen que exista un diálogo más íntimo con el cuerpo", concede Marta Agudo. Por su parte, Marta Sanz, que acaba de publicar Clavícula, una novela que a priori parece la confesión de una hipocondriaca, se refiere al cuerpo femenino como un "espacio de conflicto y contradicción en una sociedad que nos reduce al estereotipo -musa, santa, madre, puta-, por lo que las mujeres nos rebelamos". Clavícula es, antes que una honesta confesión emocional, un valiente ejercicio de escritura, tan implacable como reflexiva y política. La enfermedad sin nombre, aunque real porque se siente y duele, es el punto de partida de una posición ideológica desde la que denuncia la precariedad laboral de su gremio -"somos el proletariado de la letra"-, así como la desigualdad de sexos, responsable según la autora de enfermedades como la que ella padece. "El cuerpo es lo que nos duele por la presión biológica y la presión social", denuncia Sanz, al tiempo que explica que "las injusticias en el trabajo repercuten en la salud física y mental de mujeres sobreexplotadas en el ámbito familiar y laboral".

Clavícula es una reivindicación del derecho a estar enfermo desde un punto de vista optimista y tratado "con la menor dosis de cinismo posible". Chantal Maillard (Bruselas, 1951) y María García Zambrano (Alicante, 1973) son otras de las mujeres que han tenido muy en cuenta la mirada y la perspectiva a la hora de insertar la enfermedad en la literatura. La primera, que cuenta con obras tan importantes como Matar a Platón, Premio Nacional de Poesía en 2004, o La mujer de pie en 2015, propone "escribir el dolor / para proyectarlo / para actuar sobre él con la palabra". Mientras, García Zambrano, autora de La hija, un emocionante poemario que relata la enfermedad de quien da nombre al título, es partidaria de "enfrentarse con el miedo a través de la escritura para neutralizarlo". Existen obras anteriores escritas por autoras inolvidables que referencian esta inseparable relación de la mujer y su cuerpo. Por ejemplo, Estar enfermo de Virginia Woolf, en la que afronta la enfermedad como un cambio del espíritu y expresa un lamento porque no tenga en la literatura el prestigio que merece, o Réquiem de Anna Ajmàtova, en la que la poeta rusa se retrata a sí misma como una mujer que enferma físicamente a partir de dolores emocionales, como estar perseguida por el gobierno de Stalin o la encarcelación de su hijo.

 El dolor sin victimismos

 Isabel Bono (Málaga, 1964) prefiere el realismo si se opta por la primera persona, como sucede en la mayoría de los casos. Eso sí, "sin caer en sentimentalismos ni considerándolo desde un punto de vista técnico o dando consejos médicos", reclama la autora, galardonada con el Premio Café Gijón 2016 por la novela Una casa en Bleturge, que relata la historia de una familia rota por la muerte de un hijo y la enfermedad de un familiar.

En este sentido se manifiesta Gracia Armendáriz respecto al tono: "Sin victimismos, por favor. Para escribir hay que venir llorado". Por su parte, Marta Agudo proclama que no haya normas, pues "la buena literatura está llena de 'delgadas líneas rojas' que precisamente la convierten en más interesante". Mientras tanto, Sergio Gaspar (Guadalajara, 1954), autor de Estancia, una obra en la que relata los últimos días que pasa junto a su madre antes de morir, propone cualquier tono, contenido o visceral, mientras que el texto sea válido. Incluso el humor tiene cabida en la antesala de la muerte.

Isabel Bono cree que "la mirada irónica es fundamental", mientras que Gaspar está "harto de que me digan que hay temas tan serios que no se puede uno reír de ellos". El autor de Estancia asegura que "el humor combate las ideas dominantes como la no aceptación del dolor"; por tanto, incluso "sería saludable reírse del cáncer". A Marta Sanz, por su parte, le interesa "el lirismo del humor escatológico". En cualquier caso, esta renovación de la literatura de la enfermedad ha sido el resultado de una ruptura con el consenso de la complacencia. El riesgo en el lenguaje y la mirada directa hacia el dolor se han impuesto en el debate sobre aquellos que dicen rechazar el exhibicionismo.

Tal y como dijo Constantino Bértolo, editor de la obra Sangre en el ojo, de Lina Meruane, "el enfermo está absorbido por su padecimiento". Así, cuando contraes una enfermedad, "la relación con tu cuerpo cambia, y el lenguaje acusa este ajuste", según afirma Olga Muñoz Carrasco. En definitiva, "con la lengua pasa lo mismo que con el cuerpo: no pensamos en ella habitualmente pero a veces nos paramos a observar sus mecanismos y procesos", dice Olvido García Valdés, que explora la corporalidad y el dolor en toda su obra.

 La flor negra de la enfermedad

 En realidad, la enfermedad ha formado parte de la literatura desde la escritura del Antiguo Testamento, que se hizo eco de las plagas que azotaron al Pueblo Elegido. Posteriormente, las pestes que tantas vidas se llevaron por delante durante varios siglos fueron evocadas por Bocaccio en el Decamerón, por Daniel Defoe y por Albert Camus, que transformó la ciudad de Orán (Argelia) en una metáfora moral del terror nazi cuando escribió La peste en 1946. También, autores como Dostoievski, que abordó la epilepsia; Chejov, asmático; o Tolstoi, que describió el dolor de forma casi insoportable en La muerte de Ivan Illich, han otorgado a la enfermedad un papel importante en su obra. En cambio, a autores como Vicente Aleixandre, enfermo crónico, o Ángel González, que conoció la poesía mientras estaba convaleciente por tuberculosis, no se les recuerdan grandes poemas a propósito de sus afecciones.

 Además de las grandes obras sobre la enfermedad, permanecerá el legado de relatos como El dúo de la tos, de Leopoldo Alas Clarín, donde dos enfermos se comunican tosiendo; El pecho, de Philip Roth, la historia de un hombre que amanece convertido en una teta; o Literatura + enfermedad = Literatura, del libro póstumo El gaucho insufrible de Roberto Bolaño, donde aparece la siguiente cita: "Follar es lo único que desean los que van a morir". Por otro lado, cabe destacar un poema repleto de simbolismo en 12 partes, Tanto abril en octubre, de Jorge Riechmann (Madrid, 1962). El simbolismo es una característica común en este tipo de literatura, desde la polilla de Olvido García Valdés hasta la garrapata de Clavícula, de Marta Sanz. También en Aprender a rezar en la era de la técnica, de Gonçalo M. Tavares, donde un choque fortuito entre dos transeúntes deja a uno de ellos con una flor negra entre las manos, la enfermedad, de la que no puede desprenderse por más que lo intenta.